Mientras escribo te estoy mirando por tele. Hace unos minutos vi el resumen del fin de semana que le bajaste la pelota a Santiago Silva y Vélez se puso 1-0. Sé que muchos hinchas de Racing estarán en desacuerdo con lo que pienso. Y a veces me da bronca no tenerte (precisamente) bronca. Todo lo contrario: te veo con la del Fortín y me angustio. Hacés una de esas apiladitas por la punta izquierda y me dan ganas de cambiar de canal.
Es que te extraño. Pero te extraño en serio. Desde aquel partido con Lanús en el que debutaste y nos hiciste saltar de los asientos ante cada intervención, te convertiste en mi debilidad. Para mí, cualquier cosa que hicieras estaba bien. Hasta tu ida a Rusia la tomé como algo lógico.
Cuando volviste todos te miraban de reojo y pocos creían que venías a ayudarnos a evitar el descenso. A mí eso me importó un carajo, estabas de nuevo. Un diamante en bruto en medio de brutos con pies que parecían diamantes. Y el gol a Belgrano, y la primavera de aquel equipo de Llop, y la vuelta del “Moraaaaalez, Moraaaaalez”.
Tenías que volver a Moscú, pero te pusiste en contacto con los nuevos dirigentes. Les rogaste que hicieran el esfuerzo. Parecía que sí, que te quedabas. Y apareciste en Vélez… Me quedé sin palabras, no te pude defender. Pero tampoco te pude matar.
Me encontré con una frase de alguien que te conoce: “Siempre quiere estar en Racing, si fuera por él vuelve” (me imagino las puteadas de los lectores en este momento…). No quiero ponerme a disentir con nadie, a decir que sos un profesional, que si no te pagan está bien que te vayas o que podrías haber hecho un esfuerzo y darle a Racing algo más. En esas noches en las que haciendo cuentas o esperando milagros no concilio el sueño, no te imaginás Enano cómo te extraño.

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